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MISIÓN AD GENTES: 2008-2009 |
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Ciertamente
la Iglesia está obligada a conocer al mundo como es. Desde la perspectiva del
plan de Dios nada le puede resultar ajeno o extraño. La complejidad o los
desplazamientos deben ser objeto de análisis y de discernimiento como signo de
fidelidad a su misión. Ante el avance de la cultura secularizada, que a veces
parece penetrar cada vez más en las sociedades occidentales, considerando además
la crisis de la familia, la disminución de las vocaciones y el progresivo
envejecimiento del clero, esas Iglesias corren el peligro de encerrarse en sí
mismas, de mirar con poca esperanza al futuro y de disminuir su esfuerzo
misionero. Pero este es precisamente el momento de abrirse con confianza a la
Providencia de Dios, que nunca abandona a su pueblo y que, con la fuerza del
Espíritu Santo, lo guía hacia el cumplimiento de su plan eterno de salvación.
Sólo preguntándose por las fronteras de la historia y por los nuevos areópagos,
puede dar respuesta a preguntas fundamentales: ¿dónde debe darse testimonio de
la fe?, ¿desde dónde está llamando el Espíritu de Jesús?
Porque la Iglesia ha de aparecer como «la voz doxológica de la humanidad y del universo», la voz que alabe a la Trinidad en nombre de toda la humanidad y del universo entero, ya que la Iglesia está llamada a ser el sacramento de la humanidad salvada; sólo así, inserta en la realidad del mundo, se descubre servidora de la humanidad, testimoniando y anunciando la cultura de Dios, para que esta humanidad llegue a ser una en la fraternidad, en la solidaridad, en vínculo de amor que debe llegar a ser la ley universal de la convivencia de los pueblos.
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