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MISIÓN AD GENTES: 2010-2011 |
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La Iglesia es misionera por naturaleza |
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El mandato misionero del Señor tiene su fuente en el
amor eterno de la Santísima Trinidad: la misión del Hijo y la misión del
Espíritu Santo según el plan de Dios Padre (Cf. AG 2). Y el fin último de la
misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe
entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor (Cf. CEE 849-852).
Esta convicción está expuesta en el Concilio Vaticano
II: «La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su
origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios
Padre» (AG 2)]. Y añade: «Este designio dimana del “amor fontal” o caridad de
Dios Padre, que, siendo principio sin principio, engendra al Hijo, y a través
del Hijo procede el Espíritu Santo» (AG 2).
Juan Pablo II, en la Carta
Apostólica Novo Millennio Ineunte,
recuerda el compromiso de la
evangelización como «prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio...
Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y
comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante
situación de pueblos y culturas que la caracteriza. Hace falta, pues, reavivar
en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la
predicación apostólica después de Pentecostés» (NMI 40).
La transmisión de la fe es uno de los principales
compromisos de la Iglesia, por ello, la acción misionera se sitúa en el umbral
mismo de la evangelización, porque tiende a suscitar la fe, la conversión y la
adhesión global al Evangelio del Reino. Este primer anuncio del Evangelio va
dirigido, por una parte, a los no cristianos, es decir, a aquellos que nunca han
tenido el don de conocer el mensaje revelado; en ellos, como en cualquier ser
humano, subyacen “semillas de la Palabra” que son avivadas por el testimonio, la
palabra y la acción misionera de la Iglesia.