MISIÓN AD GENTES: 2010-2011

 

El reto de pasar de las "misiones" a la misión

26 Diciembre 2010               

 

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Se ha producido un cambio muy significativo en la relación de la Iglesia con la misión: de ver las «misiones» como una tarea realizada por algunos «especialistas» en territorios lejanos, a ver la misión universal como un dinamismo que brota del corazón mismo de la Iglesia y que, por ello, es responsabilidad directa e irrenunciable de todos.

El Papa Juan Pablo II es claro en la Encíclica Redemptoris missio: «La Iglesia es misionera por su propia naturaleza, ya que el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia. Por esto, toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a las gentes. Las mismas Iglesias más Jóvenes, precisamente "para que ese celo misionero florezca en los miembros de su patria", deben participar "cuanto antes y de hecho en la misión universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros a predicar por todas las partes del mundo el Evangelio, aunque sufran escasez de clero". Muchas ya actúan así, y yo las aliento vivamente a continuar» (RMi 62).

La nueva perspectiva está contribuyendo a profundizar y a purificar los objetivos y motivaciones de la misión, e igualmente a dinamizar la comprensión de la Iglesia. Si esta convicción no se sitúa en la entraña de la pastoral, la ayuda a «las misiones» (de un modo puntual y esporádico) serviría de excusa, aunque sea inconsciente, para eludir la cuestión de fondo: ¿en qué medida cada una de las realidades eclesiales realiza un discernimiento para valorar cómo su pastoral ordinaria refleja e irradia la conciencia de cada comunidad eclesial de haber sido enviada al mundo entero? Sin esta perspectiva, la pastoral en las Iglesias particulares no habría recibido adecuadamente la riqueza del Vaticano II.

«Por consiguiente–nos dice el Papa Benedicto XVI en su mensaje para el Domund 2007-, como se ha reafirmado muchas veces, el compromiso misionero sigue siendo el primer servicio que la Iglesia debe prestar a la humanidad de hoy, para orientar y evangelizar los cambios culturales, sociales y éticos; para ofrecer la salvación de Cristo al hombre de nuestro tiempo, en muchas partes del mundo humillado y oprimido a causa de pobrezas endémicas, de violencia, de negación sistemática de derechos humanos. La Iglesia no puede eximirse de esta misión universal; para ella constituye una obligación».