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MISIÓN AD GENTES: 2010-2011 |
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Dimensión pneumatológica de la misión |
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El
Espíritu, también presente en la creación desde sus orígenes, fue el autor
principal del misterio de la encarnación en el seno virginal de María hecho «por
obra del Espíritu Santo», y acompaña a Jesús, ungiéndolo en el bautismo para la
misión y la entrega de su vida en la cruz. En la fuerza del Espíritu es
resucitado y en su gloria se hace presente como fuente permanente de salvación.
Jesús se presenta como el ungido y enviado por el Espíritu, armonizando tres de
los aspectos de la misión del profeta: ha sido enviado; con la fuerza y la
unción del Espíritu; para anunciar la Buena Nueva a los pobres (cf Lc 14,19).
Esta misma misión es la que Cristo comunica a los apóstoles, que son enviados
con la fuerza del Espíritu para anunciar el Evangelio (Cf.
Jn
20,21-23;
Lc 24,48-49;
Hch
1,8).
«Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente
en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la
Iglesia». Por eso, «todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia
de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de
preparación evangélica». Es el mismo Espíritu quien actúa armónicamente en la
Iglesia y en la humanidad: «La acción universal del Espíritu no hay que
separarla de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo, que es la
Iglesia» (RMi 29).
En efecto, es el Espíritu quien en Pentecostés
infunde en la Iglesia apostólica el coraje de la misión, para que mediante el
anuncio del Evangelio reconcilie a los pueblos y se haga presente entre todas
las razas y culturas. El Espíritu abre los caminos a la misión de la Iglesia y
la empuja continuamente a superar todas las barreras y fronteras para establecer
una humanidad restaurada conforme a los planes originarios del Padre, hasta que
alcance la imagen perfecta del Hijo. En este encuentro, la Iglesia se siente
movida por el amor universal de Dios, que nunca abandonó a ninguno de sus hijos,
de cualquier época, raza o tradición religiosa. Por eso el cristiano se acerca
con confianza al corazón de cada persona concreta, consciente de que el Espíritu
llegó antes, y deseoso de acoger sus huellas y acompañarlas hasta la plenitud en
Cristo.