MISIÓN AD GENTES: 2010-2011

 

Dimensión pneumatológica de la misión

5 Diciembre 2010               

 

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El Espíritu, también presente en la creación desde sus orígenes, fue el autor principal del misterio de la encarnación en el seno virginal de María hecho «por obra del Espíritu Santo», y acompaña a Jesús, ungiéndolo en el bautismo para la misión y la entrega de su vida en la cruz. En la fuerza del Espíritu es resucitado y en su gloria se hace presente como fuente permanente de salvación. Jesús se presenta como el ungido y enviado por el Espíritu, armonizando tres de los aspectos de la misión del profeta: ha sido enviado; con la fuerza y la unción del Espíritu; para anunciar la Buena Nueva a los pobres (cf Lc 14,19). Esta misma misión es la que Cristo comunica a los apóstoles, que son enviados con la fuerza del Espíritu para anunciar el Evangelio (Cf. Jn 20,21-23; Lc 24,48-49; Hch 1,8).

«Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia». Por eso, «todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un papel de preparación evangélica». Es el mismo Espíritu quien actúa armónicamente en la Iglesia y en la humanidad: «La acción universal del Espíritu no hay que separarla de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia» (RMi 29).

En efecto, es el Espíritu quien en Pentecostés infunde en la Iglesia apostólica el coraje de la misión, para que mediante el anuncio del Evangelio reconcilie a los pueblos y se haga presente entre todas las razas y culturas. El Espíritu abre los caminos a la misión de la Iglesia y la empuja continuamente a superar todas las barreras y fronteras para establecer una humanidad restaurada conforme a los planes originarios del Padre, hasta que alcance la imagen perfecta del Hijo. En este encuentro, la Iglesia se siente movida por el amor universal de Dios, que nunca abandonó a ninguno de sus hijos, de cualquier época, raza o tradición religiosa. Por eso el cristiano se acerca con confianza al corazón de cada persona concreta, consciente de que el Espíritu llegó antes, y deseoso de acoger sus huellas y acompañarlas hasta la plenitud en Cristo.