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MISIÓN AD GENTES: 2010-2011 |
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Dimensión cristológica de la misión |
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Jesús,
el primer misionero, enviado por el Padre, ungido por el Espíritu Santo, realizó
su ministerio en la tierra entregado al anuncio del Evangelio del Reino, para
que los hombres reconocieran el amor del Padre y vivieran la conversión como
experiencia de filiación y de fraternidad. Su filiación eterna se hace carne en
la historia y la realiza como entrega constante en favor de los otros, de los
más necesitados y menesterosos, participando de los dramas de la historia
humana.
Entregando su vida al Padre como sacrificio vence
toda violencia fruto del pecado de los hombres. Como víctima inocente,
estableció la reconciliación de la Alianza definitiva, y en su Resurrección se
hizo fuente de salvación para la humanidad entera. Presente en el Espíritu,
alienta a su Cuerpo hasta la recapitulación que tendrá lugar en la Parusía.
La fuente de la misión es,
pues, la realidad profunda de Dios Amor que llega a la humanidad. Leemos en la
Declaración Dominus Iesus:
«En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género
humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de Él
propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios
hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el
Concilio Vaticano II enseña que: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se
encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las
cosas. El Señor es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el
cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la
humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es
aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo
juez de vivos y muertos» (Gaudium
et Spes, 45)» (DI 15).
Su vida y mensaje tienen como
objeto ser una epifanía personal del misterio de Dios Amor. Sus gestos y
palabras son manifestación del rostro de Dios. Él mismo se manifiesta como el
Camino para llegar a la Verdad y la Vida. Sólo Jesús, como Hijo unigénito del
Padre, conoce y ha visto a Dios, y lo que ha visto nos lo ha dado a conocer (Cf.
Jn
14,6;
Jn 12,45-46;
Mt
11,27). Así su vida
se transforma en «misión» que consagra todo su ser por el Espíritu enviado por
el Padre. Y esta vida misionera es esencialmente trinitaria.