MISIÓN AD GENTES: 2010-2011

 

Dimensión cristológica de la misión

28 Noviembre 2010               

 

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Jesús, el primer misionero, enviado por el Padre, ungido por el Espíritu Santo, realizó su ministerio en la tierra entregado al anuncio del Evangelio del Reino, para que los hombres reconocieran el amor del Padre y vivieran la conversión como experiencia de filiación y de fraternidad. Su filiación eterna se hace carne en la historia y la realiza como entrega constante en favor de los otros, de los más necesitados y menesterosos, participando de los dramas de la historia humana.

Entregando su vida al Padre como sacrificio vence toda violencia fruto del pecado de los hombres. Como víctima inocente, estableció la reconciliación de la Alianza definitiva, y en su Resurrección se hizo fuente de salvación para la humanidad entera. Presente en el Espíritu, alienta a su Cuerpo hasta la recapitulación que tendrá lugar en la Parusía.

La fuente de la misión es, pues, la realidad profunda de Dios Amor que llega a la humanidad. Leemos en la Declaración Dominus Iesus: «En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de Él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña que: «El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, “punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización”, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y muertos» (Gaudium et Spes, 45)» (DI 15).

Su vida y mensaje tienen como objeto ser una epifanía personal del misterio de Dios Amor. Sus gestos y palabras son manifestación del rostro de Dios. Él mismo se manifiesta como el Camino para llegar a la Verdad y la Vida. Sólo Jesús, como Hijo unigénito del Padre, conoce y ha visto a Dios, y lo que ha visto nos lo ha dado a conocer (Cf. Jn 14,6; Jn 12,45-46; Mt 11,27). Así su vida se transforma en «misión» que consagra todo su ser por el Espíritu enviado por el Padre. Y esta vida misionera es esencialmente trinitaria.