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San Francisco Javier, testigo y maestro de la misión |
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Él realiza un auténtico esfuerzo por entrar en
contacto de amistad con la gente, en hablar y hacerse entender siempre en las
lenguas nativas, en ser uno más en los modos de comer, vivir y relacionarse con
todos. Es su particular empeño de “inculturación” cuando esta palabra
estaba lejos de ser acuñada. Y todo, claro está, en aras de una mejor
evangelización. En la India de los años de Javier había una palabra “prangui”
que servía para designar a los cristianos, fueran nativos o portugueses, ya que
hacerse cristiano equivalía a hacerse portugués. Pero a los cristianos
bautizados por Javier no se les podrá aplicar con verdad ese término. Tiene un
empeño casi obsesivo en que, dondequiera que sea, el mensaje evangélico llegue
a la gente en su propia lengua y para ello, incapaz como se siente de llegar a
dominar las muchas lenguas con las que tropieza en sus correrías, tiene buen
cuidado en escoger los mejores intérpretes posibles que traduzcan y, a poder
ser, escriban el “catecismo”, las oraciones, los mandamientos o el credo
cristiano.
Sus diez años de contactos con tantas gentes y
lenguas diversas están llenos de testimonios
de cómo se emplea en hacer traducciones, en ponerles música y
cantarlas, en corregirlas, en sufrir cuando no tiene intérprete o las
traducciones están mal hechas...
Capítulo aparte merece la ilusión y
sufrimientos de Javier con la lengua japonesa. Desde mucho antes de llegar al
Japón, estando aún en la India, acarició Javier la idea de, con la ayuda del
japonés Anjiro, traducir toda la doctrina cristiana en lengua de Japón... Pero
este Javier animoso, confiado en poder traducirlo todo, tuvo que tragar saliva
cuando constató, después de meses en Japón, que las gentes se le reían
porque a Dios le llamaba “Dainichi”, como los budistas de la secta Shingon;
y volvió a sufrir cuando empezó a llamar a Dios con el nombre latino “Deus”,
algo que a los japoneses les sonaba como “daiusu”, es decir, una gran
mentira (Carta del 29 de enero de 1552 a sus compañeros de Europa). Y en esa
misma fecha escribe Javier a Ignacio desde Cochín (India), contando su aventura
de dos años y tres meses en tierras de Japón: Hicimos en lengua de Japón
un libro que trataba de la creación del mundo y de todos los misterios de la
vida de Cristo; y después este mismo libro lo escribimos en letra de la China,
para cuando a la China fuere, para darme a entender hasta saber el habla china.