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San Francisco Javier, testigo y maestro de la misión |
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Este
rasgo debe ser un rasgo de toda auténtica evangelización. Desde su opción por
Cristo, Javier se entrega, venciendo resistencias de su naturaleza, al servicio
de los enfermos y los pobres. Por ellos se desvive en el barco que le lleva de
Lisboa a Goa y lo mismo hará hasta el fin de su vida. Javier, que llega a Goa
como Nuncio del Papa, va derecho a aposentarse en el hospital y enseguida va a
la cárcel a visitar unos presos que difícilmente esperarían ya ningún signo
amistoso de nadie, y va los domingos a decir misa a los enfermos del mal de san
Lázaro. En su primera gran correría apostólica por las costas del sur de la
India, una de sus grandes ocupaciones es ayudar a los enfermos y defender a los
pobres contra los abusos de los poderosos. Y lo mismo hace en Malaca y en las
islas de Indonesia...
En
esa defensa de los pobres llega Javier a levantar su voz ante el mismo rey de
Portugal, denunciando las muchas injurias y graves vejámenes que (los
cristianos pobres) reciben principalmente de los ministros de Vuestra Alteza y
le ruega que aplique justas penas a sus ministros negligentes, porque de
la India se elevan al cielo voces de queja porque Vuestra Alteza se muestra
avaro con ella (carta del 20 de enero de 1545). Tres años después y
viendo que los gobernadores portugueses en la India son todos unos ladrones,
le pide al rey severos castigos para tales gobernadores y añade: Y porque no
tengo esperanza que esto se ha de hacer, casi me pesa el haberlo escrito (carta
del 20 de enero de 1548). Ese desengaño es una de las causas que le empujan a
ir al Japón, como cuenta a Ignacio en carta del 12 de enero de 1549. Y unos
días después, el 26 de enero, escribe al rey Juan III: La experiencia me
dice que Vuestra Alteza no es poderoso en la India para acrecentar la fe en
Cristo y es poderoso para llevar y poseer todas las riquezas temporales de la
India... Ninguna esperanza tengo de que se han de cumplir en la India mandatos
ni provisiones... y por eso casi voy huyendo para Japón, por no perder más
tiempo del pasado. Y termina Javier la carta al rey con esta durísima
advertencia: Cosa nueva será, y que nunca por Vuestra Alteza pasó, verse
despojado, a la hora de su muerte, de sus reinos y señoríos, y entrar en
otros, donde le ha de ser cosa nueva ser mandado y, lo que Dios no quiera, fuera
del paraíso.
El
apasionamiento por Jesús le lleva a la opción radical: el seguimiento en vida
pobre y en servicio preferente a los pobres. Imitar a Jesús significa, antes
que nada, ser pobre como Él. Trabajar por el Reino como Jesús es evangelizar
desde la pobreza absoluta y dedicarse preferentemente a los más pobres. Desde
luego esta actitud no tiene por qué ser un esfuerzo ascético doloroso, y en el
caso de Javier se traduce en una experiencia feliz: no se cambia por nadie.