Un desarrollo sin reduccionismos

Los
misioneros
siempre van contra corriente.
Ellos saben por experiencia que muchos de los programas de desarrollo fracasan porque no se han formado a las personas. De poco sirve excavar pozos, crear
asociaciones, erigir edificios y estructuras, si no se educa a las personas. El
hambre de educación es tan apremiante como el hambre de pan. Un analfabeto es
un espíritu subalimentado. Si se quiere evitar la miseria futura, hay que
educar la generación presente. Y así, miles, cientos de miles, millones de niños,
de jóvenes y de adultos, caminan a la escuela de la misión más próxima,
escriben sobre los pupitres, cuentan con los dedos, o con palillos, porque saben
que la educación es la clave del desarrollo. En las fabelas y en los pueblos jóvenes
de América, en las sabanas del Sahara africano, en las inmensidades sin
horizonte de Asia, los misioneros en su tozudez han levantado: centros de
formación agrícola, centros de formación técnica, programas de formación
femenina, planes de alfabetización. Pero aún hay muchos otros niños, niñas y
jóvenes, que desgraciadamente han caído a la vera del camino.
Por más negro y desolador que sea el panorama
que presenta nuestro mundo, no debe hacernos pesimistas. Nuestra fe en la
presencia de Cristo en la labor misionera de la Iglesia nos urge a predicar el
Evangelio y hacer posible un desarrollo integral, sin reduccionismos, a calmar
el hambre de pan, de libertad, de dignidad, de cultura y de trascendencia; hacer
crecer al hombre en estatura, en sabiduría y en gracia, hacer a todo hombre
perfecto en la plenitud de Cristo.