Misión “ad gentes”                                                                                  

     (18 de septiembre 2005)

Un desarrollo sin reduccionismos

   

 Los misioneros siempre van contra corriente. Ellos saben por experiencia que muchos de los programas de desarrollo fracasan porque no se han formado a las personas. De poco sirve excavar pozos, crear asociaciones, erigir edificios y estructuras, si no se educa a las personas. El hambre de educación es tan apremiante como el hambre de pan. Un analfabeto es un espíritu subalimentado. Si se quiere evitar la miseria futura, hay que educar la generación presente. Y así, miles, cientos de miles, millones de niños, de jóvenes y de adultos, caminan a la escuela de la misión más próxima, escriben sobre los pupitres, cuentan con los dedos, o con palillos, porque saben que la educación es la clave del desarrollo. En las fabelas y en los pueblos jóvenes de América, en las sabanas del Sahara africano, en las inmensidades sin horizonte de Asia, los misioneros en su tozudez han levantado: centros de formación agrícola, centros de formación técnica, programas de formación femenina, planes de alfabetización. Pero aún hay muchos otros niños, niñas y jóvenes, que desgraciadamente han caído a la vera del camino.

    La Iglesia presenta ante el mundo un testimonio de que no nos movemos solamente por situaciones catastróficas, sino por sistema de vida. De lo que se trata es de realizar la misión universal encomendada a toda la Iglesia, de visibilizar la opción preferencial por los más pobres y lejanos, de testimoniar la comunión de bienes. Y esto lo hacemos a través de nuestros misioneros. Así seguimos colaborando en la construcción de la Jerusalén celeste, el mundo de hermanos que nuestro Padre Dios quiere.

    Por más negro y desolador que sea el panorama que presenta nuestro mundo, no debe hacernos pesimistas. Nuestra fe en la presencia de Cristo en la labor misionera de la Iglesia nos urge a predicar el Evangelio y hacer posible un desarrollo integral, sin reduccionismos, a calmar el hambre de pan, de libertad, de dignidad, de cultura y de trascendencia; hacer crecer al hombre en estatura, en sabiduría y en gracia, hacer a todo hombre perfecto en la plenitud de Cristo.