«El auténtico misionero es el santo» (Redemptoris missio, 90.91)

Debemos tomar conciencia de la dimensión
misionera de la Iglesia y recordar la urgencia de la misión ad
gentes, pues ésta atañe a todos los
cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y
asociaciones eclesiales (RMi, 2)
En esta misión no estamos solos. Es verdad que no hay proporción entre
las fuerzas humanas y la grandeza de la misión. Pero también es verdad que la
capacidad viene de Dios, el cual nos ha capacitado para ser servidores de una
nueva Alianza (2Cor 3,5-6). El Señor no abandona a quien llama a su
servicio. Me ha sido dado todo poder en el
cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones… Y
sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt
28,18-20). La presencia continua del Señor en su Iglesia es garantía para la
eficacia de su misión. Ésta se realiza hoy a través de hombres y mujeres que
han experimentado la salvación en la propia fragilidad y debilidad y la
testimonian a los hermanos, con la conciencia de que todos somos llamados a la
misma plenitud de vida.
Vivimos momentos históricos
que exigen una mayor disponibilidad para vivir las alegrías y penas de la
humanidad con espíritu de colaboración. Pero el compromiso no nace sólo de un
acto de voluntad frío y calculador sino de una generosidad sincera y diáfana
que hunde sus raíces en la fe en Jesucristo. Necesitamos un nuevo Pentecostés
que nos impregne de urgencia misionera, acentuando la primacía de la gracia, el
valor de la santidad -el auténtico misionero es el santo-.