MISIÓN AD GENTES: 2010-2011

  Los laicos misioneros

27 Marzo 2011               

 

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 La presencia cada vez más activa de los laicos en la vida y misión de la Iglesia es uno de los rasgos característicos de nuestra época. Ello se ha ido logrando no como una suplencia en aquellos campos que no pueden ser atendidos adecuadamente por los presbíteros o religiosos, sino como despliegue intrínseco del dinamismo de la vida cristiana y de la comunión eclesial.

Si los laicos forman parte esencial del misterio de la Iglesia y si la obligación misionera brota de lo más íntimo de la Iglesia, es evidente que también corresponde a los laicos asumir su responsabilidad en la misión de la Iglesia y, más concretamente, en la misión ad gentes. Todos los documentos del Magisterio sobre el tema misionero vienen resaltando este hecho. Reconociendo que toda la historia de la Iglesia muestra que muchos fieles laicos se han consagrado a la tarea de la evangelización, recuerda que en la actualidad esta participación debe ser fomentada y urgido (RMi 71). La Conferencia Episcopal española denominó “misioneros” a “aquellos que, siendo sacerdotes, religiosos y seglares… de por vida o por algunos años se consagran a la tarea de evangelizar a los que todavía no son cristianos o al servicio fraterno de las jóvenes Iglesias de las misiones” (XXII Asamblea).

La aportación de los laicos es absolutamente necesaria en la actividad misionera, porque sin ellos el Evangelio “no puede penetrar profundamente en las conciencias, en la vida y en el trabajo del pueblo” (AG 21,23). Dadas las múltiples dimensiones de la misión y dada la peculiaridad secular de los laicos, su presencia es imprescindible.

Los laicos han ido asumiendo de modo creciente su participación en la misión ad gentes. En España hay ejemplos y realizaciones de los que toda la comunidad eclesial debe sentirse orgullosa. Incluso es de alabar que se hayan ido organizando para facilitar su formación y sus iniciativas. De este modo están en condiciones de desarrollar su compromiso en toda la plenitud y originalidad de su existencia laical.

Precisamente este reconocimiento que merecen nos obliga a preguntarnos si disponen de las ayudas suficientes para desempeñar dignamente su trabajo. Frecuentemente están excluidos de las coberturas sociales y sanitarias que posee cualquier ciudadano español que trabaja en el extranjero, simplemente por carecer de contrato laboral y por ser voluntarios. La posibilidad de poder acogerse a los «convenios especiales» es sin duda un avance respecto a situaciones anteriores, pero resulta claramente insuficiente.

Estos hechos han de suscitar en las comunidades cristianas una reflexión para discernir en qué medida consideran a los laicos misioneros como miembros de la Iglesia y enviados por ella. Sólo desde este presupuesto estarán en condiciones de disponer de una adecuada formación teológica y pastoral y, en consecuencia, podrán aportar un testimonio específicamente cristiano que los identifique en su peculiaridad, dentro de la amplia gama de cooperantes y voluntarios. De un modo especial las Iglesias particulares y los organismos de la Conferencia Episcopal seguirán apoyando decididamente a los laicos misioneros, tanto en su preparación, como en el acompañamiento mientras permanecen en la misión.