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MISIÓN AD GENTES: 2010-2011 |
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El reto del anuncio de la salvación 6 Febrero 2011 |
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Las
nuevas perspectivas teológicas han ayudado a matizar algunos métodos del pasado
y a limpiar el rostro de la actividad misionera de todo rasgo de imposición o
proselitismo indebido. Pero esta evolución no ha ido acompañada de un suficiente
esfuerzo en la formación teológica y catequética para mostrar que el gozo de la
fe se traduce en comunicación espontánea, y que la confesión de Jesús, tal como
lo expresa el símbolo de la fe, no es un elemento del que se pueda prescindir o
que pueda ser dejado para un momento posterior.
Dominus Iesus
presenta su reflexión como exigencia
del mandato del Señor de anunciar el Evangelio a todas las naciones: «Se
entiende, por lo tanto, que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt
28,19-20) y como exigencia del amor a todos los hombres, la Iglesia “anuncia y
tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es ‘el Camino, la
Verdad y la Vida’ (Jn 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud
de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas” (Vat.
II, Decl. Nostra aetate, 2.)» (DI 22).
Esta limitación confirma que la
pastoral ordinaria y la animación misionera adolecen de las mismas
incertidumbres y que, por ello, deben responder de modo concertado y coherente
para situar el anuncio de Jesucristo en el centro de la vida eclesial.
Es verdad que
el diálogo es parte integrante de la conciencia misionera de la Iglesia, ya que
se fundamenta en la convicción de la igual dignidad de todos los hombres, sea
cual sea la religión a la que pertenezcan, pero «el diálogo, no obstante forme
parte de la misión evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la
Iglesia en su misión ad gentes...
De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto
de la libertad (cf. Dignitatis Humanae,
1), debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los
hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y en proclamar la
necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del
bautismo
y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad
salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del
anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo.»
(DI 22).