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San Francisco Javier, testigo y maestro de la misión |
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El Espíritu realiza sobre todo una verdadera y total configuración de todo el ser a semejanza de Cristo. Imprime la imagen de Cristo en el corazón: los sentimientos, las actitudes son las de Jesús. Javier se convierte en fiel reflejo del buen Pastor, del buen Samaritano, permitiendo que sólo le muevan los intereses de Jesucristo. Por eso es profundamente libre, porque no tiene nada propio: ni la vida que la vive al servicio de los demás, ni la voluntad, ni los deseos, ni el querer, ni mucho menos la búsqueda de una gloria personal de la que se ha despojado hace tiempo con total radicalidad y para siempre. Javier, convertido, se ve a sí mismo con ojos nuevos: “siervos inútiles somos”, vive una humildad profunda y al mismo tiempo una relación de honda intimidad “ya no os llamo siervos, sino amigos...”.
Conversión: nuevo nacimiento, nuevos ojos, nuevo rumbo, nuevas relaciones. Javier nos invita a no caer en esa trampa sutil y peligrosa de creernos “protagonistas de la misión”, sólo el Espíritu lo es. Escribe con insistencia y convicción a los suyos que apoyarse en uno mismo serían “falsas esperanzas”, y el camino para alcanzar confianza en Dios es desconfiar de uno mismo: “pues de la desconfianza propia nace la confianza de Dios, que es verdadera, y por esta vía alcanzaréis humildad interior…”.
La conversión le ha empujado a vivir una existencia totalmente entregada, hasta el último suspiro, una existencia expropiada; ha vivido con el corazón rebosante de alegría y de disponibilidad. Ha sembrado su propia vida con total generosidad, sabiendo que Dios ama al que da con alegría (II Co 9,6-7). Ha brindado a todos y siempre lo mejor de él mismo, ha permitido que su yo más auténtico, profundo y verdadero salga en cada momento.