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La misión, instrumento de evangelización

24-Junio. 2007

    La misión se revela, también hoy, necesaria e insustituible, hasta el punto de que, sin ella, la expansión del Reino hasta los confines de la tierra no podría siquiera concebirse; sin ella no podría nacer y desarrollarse la civilización nueva basada bajo el signo de Cristo en la justicia, en la paz y en el amor, porque en la misión es donde se plasma el hombre nuevo, consciente de su dignidad y de su destino trascendente de creatura redimida.

    En la Misión, fragua de fermento evangélico, late el corazón de la Iglesia universal con toda su solicitud por el bien auténtico e integral del hombre.

    Pero, hay que ser conscientes también de que la misión origina, al mismo tiempo, centros de promoción humana, pues si de un lado la Iglesia, en virtud del princi­pio de caridad que la anima, no puede mostrarse insensible a las necesidades materiales de los hermanos, de otro, al evangelizar y ayudar al hombre a comprenderse a sí mismo en Cristo, promueve también de ese mo­do la conciencia ciudadana y el progreso social del mismo.

    También en las situaciones donde se ponen trabas a la predicación de la Palabra, la simple presencia del misionero, con su testimonio de pobreza, de caridad, de santidad, constituye por sí misma una eficaz forma de evangelización y crea muchas veces las bases para un diálogo constructivo.

    El fruto más consolador de esta obra heroica e infatiga­ble de la misión y de los misioneros es el maravilloso florecimiento de jóvenes y fer­vientes Comunidades cristianas, de cuyo 'humus' brotan vocaciones sacerdotales y religiosas, que son la esperanza del futuro de la Iglesia.

    Los misioneros son obreros indispensables para la viña del Señor, y las mismas Iglesias locales de reciente fundación, aún promoviendo un clero autóctono propio, sienten todavía la necesidad de su presencia y de sus energías, incluso para beneficiarse de las ricas tradicio­nes pluriseculares y de la madurez de las Iglesias de antigua tradición que los misioneros llevan consigo. De esta forma, entre unas Iglesias locales y otras, se realiza un provechoso intercambio de ideas, inicia­tivas y obras, que vienen a ser como una ósmosis fecunda para la Iglesia universal.