San Francisco Javier, testigo y maestro de la misión   

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Por su entrega gozosa y apasionada a Cristo.

10 Septiembre 2006

 

    Este rasgo, común a todo misionero, reviste en Javier quilates impresionantes de fidelidad en el seguimiento de Jesús y de confianza ilimitada, casi temeraria, en Dios Padre. La espiritualidad que Javier bebió en los Ejercicios Espirituales le llevó a cambiar, toda su escala de valores. La fuente es el descubrimiento de Jesús de Nazaret y el apasionamiento por Él. De ahí su dedicación a la oración, su entrega a la imitación de Jesús pobre... Seguro que no se cansa Javier de “ver a Cristo nuestro Señor, Rey eterno, y delante de él a todo el universo mundo, el cual y a cada uno en particular llama y dice: mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos. Por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo; porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”. Y no cuesta ningún trabajo imaginar a Javier, en sus largos ratos de oración, responder a ese Rey con aquellas palabras de los Ejercicios: “Señor de todas las cosas... Yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza...”.

    La confianza en Dios que vive Javier asombra y se traduce en valentía, alegría y disponibilidad total a la voluntad divina. Estaba en Mozambique, camino de Goa, cuando escribe a sus compañeros de Roma confesándoles que lo que más le hace confiar en Dios es el saber que todas las cosas necesarias para el oficio de manifestar la fe en Jesucristo vemos que nos faltan. Y contando los enormes peligros entre guerras y venenos que pasó en las islas del Moro, les escribe el 20 de enero de 1548: Nunca me acuerdo de haber tenido tantas y tan continuas consolaciones espirituales como en estas islas... Mejor es llamarlas islas de esperar en Dios. Y en la misma carta, contando la tormenta de tres días y tres noches que pasaron en el mar, les confía: Muchos fueron los que lloraron en vida sus muertes... estando en la mayor fuerza de la tormenta, me encomendé a Dios nuestro Señor... y hálleme tan consolado que rogaba a Dios que, si de ésta me librase, no fuese sino para entrar en otras tan grandes o mayores que fuesen de mayor servicio suyo. Como confiesa desde Sancián pocos días antes de su muerte, sólo un peligro teme Javier: el peligro primero es dejar de esperar y confiar en la misericordia de Dios... mucho mejor es ser cautivo por sólo el amor de Dios que libres por huir de los trabajos de la cruz.