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San Francisco Javier, testigo y maestro de la misión |
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Este
rasgo, común a todo misionero, reviste en Javier quilates impresionantes de
fidelidad en el seguimiento de Jesús y de confianza ilimitada, casi temeraria,
en Dios Padre. La espiritualidad que Javier bebió en los Ejercicios
Espirituales le llevó a cambiar, toda su escala de valores. La fuente es el
descubrimiento de Jesús de Nazaret y el apasionamiento por Él. De ahí su
dedicación a la oración, su entrega a la imitación de Jesús pobre... Seguro
que no se cansa Javier de “ver a Cristo nuestro Señor, Rey eterno, y
delante de él a todo el universo mundo, el cual y a cada uno en particular
llama y dice: mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos.
Por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de trabajar conmigo; porque
siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”. Y no cuesta
ningún trabajo imaginar a Javier, en sus largos ratos de oración, responder a
ese Rey con aquellas palabras de los Ejercicios: “Señor de todas las
cosas... Yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, sólo que sea
vuestro mayor servicio y alabanza, imitaros en pasar todas injurias y todo
vituperio y toda pobreza...”.
La
confianza en Dios que vive Javier asombra y se traduce en valentía, alegría y
disponibilidad total a la voluntad divina. Estaba en Mozambique, camino de Goa,
cuando escribe a sus compañeros de Roma confesándoles que lo que más le hace
confiar en Dios es el saber que todas las cosas necesarias para el oficio de
manifestar la fe en Jesucristo vemos que nos faltan. Y contando los enormes
peligros entre guerras y venenos que pasó en las islas del Moro, les escribe el
20 de enero de 1548: Nunca me acuerdo de haber tenido tantas y tan continuas
consolaciones espirituales como en estas islas... Mejor es llamarlas islas de
esperar en Dios. Y en la misma carta, contando la tormenta de tres días y
tres noches que pasaron en el mar, les confía: Muchos fueron los que
lloraron en vida sus muertes... estando en la mayor fuerza de la tormenta, me
encomendé a Dios nuestro Señor... y hálleme tan consolado que rogaba a Dios
que, si de ésta me librase, no fuese sino para entrar en otras tan grandes o
mayores que fuesen de mayor servicio suyo. Como confiesa desde Sancián
pocos días antes de su muerte, sólo un peligro teme Javier: el peligro
primero es dejar de esperar y confiar en la misericordia de Dios... mucho mejor
es ser cautivo por sólo el amor de Dios que libres por huir de los trabajos de
la cruz.