Misión “ad gentes”. 25 Junio

 

Nuestro compromiso con la vida

       El compromiso cristiano por la vida arranca de Jesús, quien la revela en su esplendor, realiza favores vitales a través de milagros, exige y pone las bases para su respeto y promoción, se autodenomina "la vida" (Jn 14,5), promete una superior vivificación por el Espíritu, y, por el misterio Pascual, apuesta por la vida en la totalidad de su expresión, la de hijos de Dios.

    La misión de la Iglesia es prolongar en el tiempo este compromiso con la vida, continuar la obra iniciada por Jesús y hacerla universal hasta que llegue a todos los hombres y a todo el hombre. Este compromiso se podría sintetizar en una triple dimensión:

    En primer lugar, haciendo que la vida sea posible: Ante la violencia directa contra la vida: guerra, comercio de armas y carrera de arsenales, terrorismo y clima de violencia, pena de muerte y aborto, así como la "imposición" de controles de natalidad; ante situaciones límite de pobreza radical; ante el problema del hambre que nos denuncia, interpela y urge; ante la falta de una vivienda digna; ante el paro y el subempleo; ante los perseguidos, encarcelados, refugiados; ante la segregación racial...

    En segundo lugar, haciendo que la vida sea digna: Trabajando para que en el contorno social de la persona se dé posibilidad, realidad y goce del desarrollo que le compete por razón del ser persona y de las nobles apetencias que nacen en su corazón; luchando por el no al nivel y calidad de la vida y sí al reconocimiento efectivo de los derechos humanos; trabajando por el derecho a la educación y las consecuencias que se siguen; haciendo que se respeten los derechos de la propiedad y se practique la solidaridad respecto a la deuda externa. En el terreno político la temática es larga: familia, derechos humanos, derechos de las minorías, libertad religiosa, etc. Sin olvidar el problema del medio ambiente.

    En tercer lugar haciendo que la vida sea divina: Que ésta no se detenga en el plano humano, sino que haga discípulos de Jesús, bautice y observe el mandamiento del amor con actividades en bien de los demás; que eleve al hombre a la condición de hijo de Dios y lo "compacta" en su Pueblo que es la Iglesia; que le descubra una verdadera esperanza de vida eterna: la inmortalidad, la resurrección, la vida celeste.