Misión “ad gentes”                                                                                     

  (25 de septiembre 2005)

                        Una entrega “de por vida”

     

       La misión forma parte de la naturaleza de la Iglesia, el compromiso misionero consiste en transformar con Cristo la historia, construir la civilización del amor. Es el mandato del Señor el que urge a toda la Iglesia al «¡Duc in altum!», a darle profundidad y riesgo al compromiso misionero, a la misión de transformar con Cristo la historia, a construir la civilización del amor. En realidad es una llamada a arriesgarlo todo por Cristo. «Ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización. y a la misión ad gentes... nadie debe eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos» (RMi 3)

    El riesgo es una invitación a dejarlo todo y seguir a Cristo, a no tener ni buscar seguridades, a no mirar hacia atrás, a caminar sobre el agua en medio de la tormenta y el vendaval... y todo ello sin miedo, sin titubeos, sabiendo de quién nos hemos fiado. Los misioneros saben muy bien que la fe no es una mera doctrina, es vida que se vive y camino que se recorre, son hombres y mujeres que han puesto a Dios en el centro de sus vidas, que se han vaciado de sí para llenarse de Dios.

    En un mundo que sufre eclipse de Dios, los misioneros son gesto y signo, anuncio de la verdad y denuncia de la mentira que embarga al mundo. Los misioneros no son solamente gestores de obras sociales, ni el cristianismo es una ciencia de vivir bien. Ellos son el anuncio de un Dios hecho hombre, que acompaña a cada criatura en su caminar por la vida, ofreciendo amor y perdón.

    Ningún creyente, ninguna institución de la Iglesia puede sustraerse al supremo deber de anunciar a Cristo a todos los pueblos (cf RMi 3). Nadie puede sentirse dispensado de ofrecer su colaboración al desarrollo de la misión de Cristo que continúa en la Iglesia. Más aún, la invitación de Cristo es más actual que nunca: “Id también vosotros a la  viña” (Mt 20,7). ¿Por qué nuestro raquitismo espiritual, nuestra falta de opciones de vida y de por vida?. Es necesario asumir que debemos vivir en estado de misión –geográfica, social y cultural-, y que nadie puede sentirse dispensado de ofrecer su colaboración al desarrollo de la misión.