Misión “ad gentes”. 28-Mayo

 

El individualismo es un antisigno

          La vida en el Espíritu de todos nosotros, los cristianos, es la de todo ser humano con sus diferentes etapas, en cada una de las cuales encuentra posibilidades y dificultades, tentaciones y obstáculos a su propio desarrollo y al desarrollo de su misión.

    Una característica negativa de la vivencia actual de nuestro tiempo es el individualismo: Nunca pensamos que el presente es un tiempo común y compartido con otras generaciones a las que heredamos y a las que dejaremos como herencia. En la era del fragmento no existe más que una suma de presentes individuales que coexisten yuxtapuestos, atomizados y sin relación. Reclamamos nuestra vivencia del tiempo de forma personal e intransferible, sin injerencias ni exigencias, para consumirlo como nos parezca, ajenos al presente colectivo de la Tierra, mientras los medios de comunicación social crean el espejismo de la omnisciencia: todo lo sabemos, pero sin que incida en nuestras vidas.

    Así pues, el individualismo es un fenómeno en alza en estos tiempos, y crece también en el ámbito eclesial. Generalmente suele ir acompañado de una falta de comunicación entre quienes participan de un proyecto común.

    En los pliegues ocultos de este individualismo se esconde la tentación del protagonismo que se pone de manifiesto en la tendencia a creerse insustituible, en la actitud del que no confía en nadie, del que no sabe escuchar, ni acoger, ni trabajar en equipo.

    La espiritualidad tiene que ayudar al cristiano a descubrir sus límites y su fragilidad y a sentir la necesidad y la compañía de los otros. Nuestro trabajo implica una apertura al otro y también al Otro con mayúscula que es Dios. La misión es de Dios y no nuestra y el protagonista es el Espíritu y no nosotros. Ser misionero es participar en la misión de Dios, de ahí la necesidad de superar el individualismo y sentirse conectado con la Historia de la Salvación.