Misión “ad gentes”                                                                                  

     (11 de septiembre 2005)

El peligro de la ambiguedad.

    

 

   La Iglesia quiere que tengamos siempre presente que la misión es universal, y continuamente nos invita a la santidad, a tener los sentimientos propios de una vida en Cristo, a sentir la urgencia misionera, a superar una ambigüedad de vida que se traduce en apatía, insensibilidad, individualismo y frustración.

   Dios no mira tanto “dónde estamos” sino “adónde orienta nuestra vida”, y nos invita a la decisión, a la opción, a la definición de postura. La ambigüedad es la tentación de los anfibios, vivir saltando del agua a la tierra y viceversa. “No seremos felices mientras no dejemos realmente aquello a lo que hemos renunciado” (C. Rahner). La ambigüedad se da la mano con la tibieza y la mediocridad. Se nos invita a dejar totalmente lo que hemos renunciado, y vivir plenamente aquello que hemos aceptado.

    Es esta sensibilidad evangélica la que nos lleva a sintonizar con todos los que sufren por la evangelización, ya sea por las graves y sangrantes dificultades que tiene nuestro mundo: pobreza, guerra, explotación; como por las dolorosas dificultades que sufrimos en la Iglesia: secularismo, división, apatía, indiferencia...; así como por la globalización de los grandes males que asolan nuestros ambientes: secularismo, materialismo, consumismo...

    El panorama que presenta nuestro mundo es lacerante, hiere nuestra sensibilidad: ¿Qué es de África?: campos de fuego y lágrimas; ¿qué es de más de dos tercios de América Latina: oprimidos y acorralados; ¿qué es de los últimos parias, los más pobres de los países pobres, de la inmensa mayoría de Asia?: gritan, no comprenden... Pobreza, hambre, analfabetismo, enfermedades, violencia, terrorismo, guerra, campos de refugiados... el panorama es terriblemente desolador.

    Vamos a pedirle al Señor misioneros que sepan asumir la suerte y la causa de los más pobres de nuestro mundo llevándoles a Cristo, el único que puede calmar el hambre y la sed, el Salvador, “el camino, la verdad y la vida”..., convencidos de que éste es el primer y mejor servicio que podemos hacer a la humanidad.