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Misión “ad gentes”. 26 Marzo 2006 |
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La misión universal de la Iglesia no es sólo
engendrar personas y pueblos a la vida divina, sino también el llevar a toda la
humanidad a construir en Cristo Jesús la gran familia de los hijos de Dios.
San Pablo nos recuerda que el proyecto de Dios es salvar a todos los
hombres haciendo de la humanidad un Cuerpo bien ensamblado y conjuntado,
perfecto: «La meta es que todos juntos nos encontremos unidos en la misma fe y
en el mismo conocimiento del Hijo de Dios, y con eso se logrará el hombre
perfecto, que, en la madurez de su desarrollo, es la plenitud de Cristo» (Ef
4,13).
Esa unidad, distintivo de la humanidad redimida,
Iglesia, e ideal de todos, está aderezada con tres elementos que son el camino
que la visibiliza y posibilita: la entrega total y absoluta, acogida sin
condiciones y comunicación de todos los bienes materiales y espirituales.
La entrega total y absoluta supone una actitud de
servicio que transforma la vida en gracia, en ofrenda, en servicio, con todo lo
que uno tiene, con todo lo que vale y con todo lo que es. Sin reservas ni
reduccionismos, sin medida. Es vivir para hacer posible la vida de los demás,
en estado de misión, actualizando al “entregado para la vida del mundo”.
La acogida sin condiciones nos invita a abrir las
puertas, cerradas por egoísmo y miedo, que revelan nuestro clasismo, racismo,
xenofobia, etc. Las puertas abiertas es el distintivo de un auténtico hogar, de
una verdadera familia, donde se posibilita la acogida, el encuentro, la
comunicación, el intercambio, el respeto a las diferencias y el
enriquecimiento.
La comunicación debe abarcar todos los bienes
que el hombre necesita, desde el alimento material, pasando por el de sus
derechos humanos, hasta el don de la fe y la Eucaristía. Sin embargo, nos
denuncia «la legión de los desheredados de la tierra»: los que mueren de
hambre, los sin techo, los inmigrantes, los refugiados... el mundo está cada
vez más dividido en «Epulones» y «Lázaros» (cf. Lc 16,19-31).
Sólo el Espíritu Santo puede hacer posible una
vida entregada, una acogida sin condiciones y una comunicación total y
absoluta, que lleguemos a ser uno en Cristo (cf. 1Cor 12,4-27). Sólo el
Espíritu Santo puede hacer de la humanidad la gran Familia de Dios, donde no
caben marginados, oprimidos, explotados, desgraciados, ni olvidados; donde se
comparte; donde el Espíritu lo pone todo en común.