Misión “ad gentes”                                                                                     

  (4 de septiembre 2005)

«El auténtico misionero es el santo» (Redemptoris missio, 90.91)

 

   Debemos tomar conciencia de la dimensión misionera de la Iglesia y recordar la urgencia de la misión ad gentes, pues ésta atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales (RMi, 2)

    En esta misión no estamos solos. Es verdad que no hay proporción entre las fuerzas humanas y la grandeza de la misión. Pero también es verdad que la capacidad viene de Dios, el cual nos ha capacitado para ser servidores de una nueva Alianza (2Cor 3,5-6). El Señor no abandona a quien llama a su servicio. Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones… Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,18-20). La presencia continua del Señor en su Iglesia es garantía para la eficacia de su misión. Ésta se realiza hoy a través de hombres y mujeres que han experimentado la salvación en la propia fragilidad y debilidad y la testimonian a los hermanos, con la conciencia de que todos somos llamados a la misma plenitud de vida.

    La situación del mundo que nos rodea es lamentable: vacío de Dios y de humanidad, lleno de violencia, de injusticias y de toda clase de sufrimientos. A veces, nos cuesta aceptar la cruda realidad: terribles atentados, torturas impensables, violación de los derechos humanos, bárbaros genocidios, explotación infantil, y un largo etcétera de maldades. Sabemos que más de 800 millones de personas siguen hoy pasando hambre, y que otros 22 millones viven como refugiados, lejos de su tierra, de su casa y de su cultura, por causas como la guerra, la persecución o las creencias religiosas.

    Vivimos momentos históricos que exigen una mayor disponibilidad para vivir las alegrías y penas de la humanidad con espíritu de colaboración. Pero el compromiso no nace sólo de un acto de voluntad frío y calculador sino de una generosidad sincera y diáfana que hunde sus raíces en la fe en Jesucristo. Necesitamos un nuevo Pentecostés que nos impregne de urgencia misionera, acentuando la primacía de la gracia, el valor de la santidad -el auténtico misionero es el santo-.