Misioneros por la vida.

Reconociendo siempre la validez de las diversas
formas de actividad misionera, es necesario reafirmar la
prioridad de la donación total y perpetua a la obra de las misiones,
especialmente en los institutos y congregaciones misioneras, masculinas y
femeninas. La promoción de estas vocaciones es el corazón de la cooperación:
el anuncio del Evangelio requiere anunciadores, la mies necesita obreros, la
misión se hace, sobre todo, con hombres y mujeres consagrados de por vida a la
obra del Evangelio, dispuestos a ir por todo el mundo para llevar la salvación
(RMi 79).
Las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada son un signo seguro de la vitalidad de una comunidad eclesial. La
Iglesia dirige una especial llamada a las familias y a los jóvenes, pues las
familias, y sobre todo los padres, han de ser conscientes de que deben dar «una
contribución particular a la causa misionera de la Iglesia, cultivando las
vocaciones misioneras entre sus hijos e hijas» (RMi 80).